Muchos hombres que fueron infieles esperan que su esposa lo olvide todo sin mostrar dolor, sin lágrimas, sin recuerdos. Pretenden que la herida desaparezca de la noche a la mañana, como si no hubiera pasado nada.
Pero eso no es amor, eso es crueldad.
Cuando un hombre traiciona, rompe algo profundo: la confianza. Y esa confianza no se repara con exigir silencio o apariencias, sino con humildad, empatía y tiempo.
Lo injusto es que muchos varones no perdonan jamás una infidelidad en una mujer, pero sí exigen que ella los perdone, los abrace y actúe como si nada ocurrió.
Eso demuestra que buscan una gracia que ellos mismos no están dispuestos a dar.
Cuando la mujer expresa su dolor, su miedo o sus recuerdos, no lo hace por falta de fe, sino porque está sanando. Y el verdadero hombre, el que teme a Dios, no la llama “falsa cristiana”, sino que entiende que la herida que él causó necesita ternura, no juicio.
La fidelidad no se demuestra solo con no volver a caer, sino con acompañar a la esposa en su proceso de restauración, respetando su tiempo, su llanto y su necesidad de sentirse segura otra vez.
Eso también es amor. Eso también es arrepentimiento verdadero.
“No pidas que ella olvide en un día lo que tú destruiste con una traición.
El perdón no borra el dolor, lo sana con amor y tiempo.”
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